04
JUN
2016

¿Quién creó al ratoncito Pérez?

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Hoy hace 160 años que nació el creador del ratoncito Pérez, el personaje de ficción que visita los hogares de los niños cuando alguno pierde un diente.

El popular ratoncito Pérez fue creado por el jesuita Luís Coloma para consolar al joven rey español Alfonso XIII tras perder un diente con ocho años de edad. Coloma imaginó a un pequeño roedor que vivía con su familia dentro de una lata de galletas en la entonces famosa confitería Prats, a poco más de cien metros del Palacio Real de Madrid.

Cabecera-ratoncito-perez

El ratoncito Pérez, que su creador describió como “un ratón muy pequeño, con sombrero de paja, lentes de oro y una cartera roja colocada en la espalda”, se deslizaba a través de las cañerías para llegar con algún regalo al palacio y a las casas de los niños pobres que habían perdido un diente de leche.

El ratoncito Pérez, una tradición para la caída de los dientes

Desde hace muchos años, existen en el mundo tradiciones para tranquilizar a los niños cuando se les cae su primer diente, y la estrella indiscutible de los dientes de leche en los países hispanohablantes es un ratón llamado Pérez.

Cuando se les cae un diente, los pequeños lo guardan debajo de la almohada; a la mañana siguiente, el diente ha desaparecido y en su lugar hay una moneda o un regalito. ¿Quién cambio el diente por el regalo? ¡El ratón Pérez!

La caída del primer diente

Un niño suele tener unos 20 dientes de leche y comienza a perderlos a la edad de 5 o 6 años. La caída del primer diente puede causar intranquilidad en un niño porque es una pérdida física; así como muchos niños tienen problemas para abandonar los pañales, la pérdida de un diente refleja ese miedo a perder una parte de su cuerpo.

Por otro lado, los padres desean reconocer el crecimiento del niño (muchos padres guardan el primer diente e incluso se lo cuelgan como amuleto, sujeto de una funda de oro o plata), y no olvidemos que a la edad en que los niños empiezan a perder sus dientes, empieza también la escuela primaria, así que los pequeños se encuentran en una fase de muchas transiciones que puede causarles ansiedad.

Nada mejor que una fábula y un poquito de magia para convertir la intranquilidad en entusiasmo.

“Érase una vez un ratón…”

O “Érase una vez un rey…”. El cuento del ratoncito Pérez empieza con un niño llamado Buby, que es ni más ni menos que un rey. Buby es hijo de Maricastaña en el cuento, pero en realidad el pequeño rey fue Alfonso XIII de España, hijo de la reina regente María Cristina. María Cristina llamaba a su hijo “Bubi” en la intimidad.

Al parecer, la caída del primer diente de Alfonso XIII provocó conmoción en el palacio real, a tal punto que su regente madre decidió encargar un cuento para calmar a su real hijo, y encomendó la noble misión al padre Luis Coloma, un escritor que más tarde formaría parte de la Real Academia de la Lengua. El cuento fue publicado en Madrid en 1894.

Ahí comienzan las aventuras de un ratoncito que vive en una caja de galletas y un día descubre que es mucho más divertido salir a explorar la ciudad a través de cañerías y alcantarillados. Esquivando gatos y otros peligros, visita cada noche a los niños y se hace amigo de ellos, hasta que en una de sus correrías se adentra en el palacio real y conoce a Buby

“De pronto, sintió una cosa suave que le rozaba la frente. Se incorporó de un brinco, sobresaltado, y vió delante de sí, de pie sobre la almohada, un ratón muy pequeño, con sombrero de paja, lentes de oro, zapatos de lienzo crudo y una cartera roja, terciada a la espalda”. Ratón Pérez saltó de repente sobre su hombro, y le metió por la nariz la punta del rabo: estornudó estrepitosamente el Reyecito, y por un prodigio maravilloso que nadie hasta el día de hoy ha podido explicarse, quedó convertido, por el mismo esfuerzo del estornudo, en el ratón más lindo y primoroso que imaginaciones de hadas pudieran soñar”.

Transformado en ratón, Buby sale a conocer a otros niños y se da cuenta de lo diferentes que son de él: más pobres y mucho más necesitados. Y empieza de esta manera la odisea de cambiar los dientes de leche por monedas.

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